
Hoy, Grisel dejó de ser Grisel.
Existían dos posibilidades para que la cantante de tangos abandonara su personaje:
- Que quisiera estar con Matías y desapareciera la ilusión de esta hombre, al convertirse en realidad.
- Que algo que hiciera la mujer provocara que Matías abandone su deseo.
La segunda alternativa se convirtió en realidad. Inútilmente, el frecuentador de los bares la esperó durante media hora, acogiéndose a su aceptación de caminar una cuadra acompañada. Pero, sin explicación, la cantante hizo todo lo posible para evitar a Matías.
Su personaje no dejó de surtir efecto por el rechazo (al contrario, eso la agiganta). Dejó de añorarla sólo por su falta de culpa, por su inexistente excusa.
Tienta la posibilidad de seguir escribiendo el dolor y la bronca de Matías en ese momento. Sin embargo, el hombre espera que suene el teléfono y que Grisel diseñe cualquier absurda, incoherente o falsa excusa. Y no es la concreción del llamado lo que la reencarnaría en el papel. Basta con el solo hecho de esperarlo.
Grisel sigue siendo Grisel, evidentemente.
Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

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