
El plato es apetecible. Pero el amarillo de los tallarines y el rojo de la salsa esconden un verdadera trampa.
Matías enrosca algunos fideos en su tenedor. Uno cae, dos y tres; aunque logra finalmente ponerlos en su sitio. Puede dominarlos, puede girarlos y llevarlos a su boca. Allí los mastica y los tritura hasta que caen rendidos tras sus dientes.
Cree que el juego ha terminado y siente caer la bandera de los vencedores sobre sus anchas espaldas. Pero nunca hay que aceptar la primera versión de los hechos.
Lentamente, los fideos comienzan a enfrentarlo con mejores resultados. Cada bocado es más costoso de acomodar y morder. Esas lombrices amarillas parecen haber cobrado vida propia. Realizan extraños movimientos sobre el tenedor (figuras acrobáticas) y endurecen su cuerpo cuando Matías logra introducirlos en su boca.
Los inocentes tallarines han comenzado a complicarle la existencia. Gritan cuando los clava, despiden jugo de tomates al enroscarlos y se aferran al plato con una ferocidad endemoniada.
Todavía puede vencerlos, pero imagínense la cara de los demás clientes del comedor. Matías suda, forcejea con los cubierto y grita frente a un plato. Ellos no ven los coletazos de los gusanos para desparramar la salsa rojiza, no perciben el progresivo endurecimiento de su cuerpo ni consideran la lucha que se ha entablado.
Sólo ven a un hombre, discutiendo con un plato de comida, sudando su cuerpo y forcejeando con un par de cubiertos. Tal vez estén viendo con claridad, y Matías sea el necio.
Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

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