Me tuve confianza. Para estar con ella abandoné a mi mujer, sufrí la ausencia de mis hijos y me gané el desprecio del almacenero.

Y es que no podía distraer la atracción que me provocaba esa imagen.

No fue fácil, pero finalmente lo logré: es fascinante ver cómo mi silueta se encuadra, perfectamente sola, en el espejo de una plaza.

Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

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