
Esteban comenzó a preocuparse seriamente por su síndrome de soledad.
El asunto se tornó grave. Ya no respondía a las invitaciones ni hacía nada para generarlas. Salir de su casa lo angustiaba y apenas disfrutaba cuando alguna mujer se acercaba hasta la suya.
Es que lo que estaba vacío era su casa, y nada solucionaba con escaparse.
Pensó primero que la presencia de una tortuga podía consolarlo, pero mantenerla fue en vano. Se compró luego un canario, y sucedió lo mismo. Llegó hasta dos gatos, cuatro perros y nueve conejos, pero terminó por invitarlos cordialmente a retirarse del hogar.
Una mañana, aturdido por las paredes limpias y las sábanas blancas, llamó desesperadamente al asensor. Salió a la calle y se acomodó frente a una vidriera que exponía ropa interior. Pidió a la vendedora que elija una bombacha de su gusto, para hacer un regalo.
Sólo ahora, con la bombacha cuidadosamente colgada sobre la cabecera de su cama, puede dormir en paz.
Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

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