Un buen día, agobiado por su elogioda puntillosidad, Esteban se sintió impulsado a romper las reglas.

Salió de su casa, dejó la cama desordenada y la canilla del baño chorreando agua. Olvidó un cigarrillo encendido, la puerta abierta y la hornalla despidiendo gas. A cuatro cuadras escuchó el estallido y —creyéndose desprendido de toda atadura— se sintió libre y feliz, por primera vez en muchos años.

Quedaban los recuerdos, pero le faltó coraje para guillotinar su cabeza.

Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

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