Después de un trágico final de su matrimonio con Esperanza, Esteban se mudó a una edificación piramidal, muy similar a una estructura de jaulas superpuestas. Se trataba de una inmensa pajarera, donde cada ave habitaba su caja individual.

Y así como al pájaro de la tercera fila le desagrada el canto desentonado de su vecino de la segunda hilera, a Esteban le sucedía lo mismo con los habitantes del sexto piso. También podía presenciar el placer que un pintor provocaba a la dueña del octavo piso enfrentado, y se cruzaba frecuentemente con los amantes de su novia (habitante del décimo piso) al utilizar el ascensor.

Su prometida desconocía algunos detalles. Si tan sólo hubiera sabido lo que disfrutaba le empleado del lavadero espiándola, y comentándole luego a Esteban las prendas masculinas que enjuagaba con el esmero que jamás puso en sus zapatillas.

Haste el dueño del video-club se sonreía al describirle las películas pornográficas que esa mujer solicitaba y la kioskera le mostraba fotos de cuando un amante intentó robarle dos besos en la mismísima puerta del edificio.

Sus vecinas del piso superior intentaron provocarlo. Comenzaron arrojando una remera por la ventana, para logar detener la caída en el tendedero de Esteban y así conocerle el rostro. Siguieron con las minifaldas, hasta llegar a las medias y las bombachas.

Poco después comenzaron a dirigir sus envíos de vestimenta hacia el tendedero que ocupaba el habitante del tercer piso, para conocerlo y provocarlo a él. Esteban cree que fue un poco torpe y algo lento, porque luego pudo escuchar los jadeos que este hombre dejaba escapar desde el quinto piso (ese quinto piso que ocupaban sus vecinas del ropero).

Se prometió no dejar pasar la próxima oportunidad y días después se alegró de recibir un corpiño. Debió imaginar que se trataba de su novia, quien desde el décimo intentaba asertarle al muchachito del séptimo (la novia de Esteban adoraba las relaciones públicas).

Pero también era muy importante tener buenas relaciones con los habitantes externos a la familia consorcial: conocían todos los movimientos del edificio y sabían cuándo hablar y cuándo callar: se trataba del diariero, el portero, la mecionada kioskera, la indiscreta supervisora del lavadero y algunas cajeras atentas del supermercado.

Durante una tarde de verano, estas cajeras comentaron a Esteban que su vecino del segundo piso (un hipertenso irrecuperable) llevó ocho bolsas de papas fritas, diez envoltorios de palitos y un paquete de un kilo de sal. Según informaron, el hombre comentó que pensaba darse los gustos que jamás se había permitido.

Esteban comentó el caso al portero, quien se precupó porque hacía días que no se cruzaba con Dionisio —así se llamaba el hipertenso—. Todo el consorcio se sobresaltó, porque no lo había visto últimamente. Nadie respondía en su hogar y tuvo que pensarse en la peor alternativa. Muy conmocionados —y algo apesadumbrados— los copropietarios se atrevieron finalmente a abrir la puerta.

Lo encontraron despatarrado sobre su cama, pero no sufría en absoluto: dos amigas desidesnudas lo abanicaban mientras Diosnisio dormía plácidamente. El consorcio llamó a un médico que le recomendó continuar con su nuevo ritmo de vida «porque la presión está fantástica», dijo.

Los copropietarios decidieron retirarse rápidamente, mientras Esteban quedó pensando que las ventajas de la familia consorcial eran inagotables, y nada tenía él para enviadiarle a los pájaros de la veterinaria.

Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

Comments are closed.