Subido a un andamio, un hombre pintaba un cartel enteramente amarillo, atravesado transversalmente por una franja violeta. No existían inscripciones acerca del producto que —aparentemente— se publicitaba, teléfonos ni nombres de referencia.

Día y noche se veía el hombre pintando el cartel, con una abnegación inexplicable. Perfeccionaba una y otra vez la ya perfecta rectitud de la franja violeta, completaba una y otra vez las inexistentes brechas del fondo amarillo. Cuando el espesor de la pintura le impedía continuar pasando brochas encima, lijaba su obra y volvía a empezar.

Durante años repitió sin cansancio el ritual. En todo ese tiempo se sucedieron nacimientos, casamientos, envejecimientos y muertes. Pero nuestro hombre continuó.

Una tarde, una chica repartía estampitas en el vagón de tren desde donde yo veía trabajar al pintor. Temí entonces que el anunciante fuera Dios, advirtiendo mi propia eternidad.

Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

Comments are closed.