
Matías no lo quiere, pero el destino parece digitarle los movimientos. No puede dejar de pensar en Grisel y en esas noches desarmadas.
Otra vez sentado en un bar, ilusionado y feliz con la sonrisa de la ocasional camarera del lugar. Es que ella le tiene confianza, algo de simpatía y basta.
El ´basta´ es lo más angustiante. La camarera sólo acepta sus caprichos y lo festeja, pero tiene un futuro próximo mucho más placentero. Matías ignora si alguien la espera o si sólo está haciendo tiempo hasta que finalice su horario de trabajo (a las 7.00 de la mañana).
Pero no caben dudas de que vive un tiempo muy distinto al de nuestro hombre. Ella apenas espera una propina, un trato cordial y algún apoyo frente a paseantes irrespetuosos. La mujer se acompaña con su cajero, con su bandeja y —tal vez— con alguna ilusión no comentada. Matías, en cambio, sueña que la acaricia, que la besa y que la ama.
Espera todo de ella y de ese rostro.
Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

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