Federico Iglesias

«Como nadar«

«Una vez soñé que me encontraba con Juan Forn en una librería. Me hablaba, pero su boca estaba escondida, como tapada por el cuello de una campera muy gruesa. Me ponía un libro en la mano; me recomendaba leerlo. Después me invitaba a tomar un café en su casa; a fumar y a charlar. Tenía una propuesta que hacerle a alguien y me había elegido a mí; pienso que al azar, sólo por estar en el lugar indicado, en el momento ideal. Yo quería darle un cuento que no había terminado de escribir. Quería que él lo corrigiera, que me regalara su mirada; si tenías ganas, si le interesaba algo así. No quiso hablar de eso y enseguida aparecimos sentados en el fondo de su casa. Arriba nuestro los árboles, enfrente mío Juan con el pelo revuelto, con los ojos cerrados, prendiendo un cigarrillo. La propuesta era sencilla pero importante para él. Yo tenía que morir y él me daba a cambio su historia; sus textos eran míos, los publicados y los que aun no habían sido. Su nombre, su obra, su vida, sus recuerdos, sus cenizas, sus Viernes, su Nadar de Noche. Él volvería a vivir encarnado en mi cuerpo, pero sin ser Juan Forn. Tendría mi nombre, pero con otra vida; sin mis tristezas ni mi risa; sin mi memoria, sin mi tiempo, sin cada pulso, sin cada uno de los días que viví. No tendría mis anhelos, ni tampoco este sueño en el que él a mí se me aparece en una librería para hacerme una propuesta. No tendría este sueño en el que elegí quedarme con mi vida y en el que Juan se me reía moviendo la cabeza, tosiendo y mirando para arriba».

La imagen elegida por Federico para ilustrar su texto. Pertenece a un extracto de un cuadro de Jacob Vosmaer que la banda Morphine uso para su disco debut («Good» – 1992)

«De Noche«

«Juan intentó persuadirme; me dijo que lo pensara bien, que a lo mejor ese cambio yo también lo estaba buscando. Le dije que sólo tendría mi envase vacío, sin nada de lo que me daba vida, sin nada de lo que realmente valía. Es un estuche, le dije: ¿Para qué te puede servir? Me contestó – para volver a hablar con mi hija – . Yo me quedé callado. Lo miré a los ojos y ya no sonreía; le brotaba un dolor azul y salado, le brotaba tibio, sin alegría. – No puedo ir a verla como te fui a ver a vos en la librería; estaría obligado a hacerle la misma propuesta y justo a ella nunca se la haría -. Los dos nos quedamos en silencio mientras todo alrededor se oscurecía. Yo después lo abrazaba, le decía que lo quería. Le decía que no podía aceptar lo que él me proponía; que yo también tenía un hijo al que quería ver crecer, acompañar en su camino. Seguí escribiendo me dijo; tal vez vuelva a verte otro día, con otra propuesta, en alguna otra vida. Seguido, en un instante, Juan desaparecía y yo estaba ahora en un enorme campo de amapolas, en otra tierra desconocida; donde todo era opio y sueños, donde todo era cielo y en mi cabeza morfina».

«En una pileta inmensa»

«La sensibilidad y los colores de las amapolas me detuvieron un minuto en aquel hermoso y onírico escenario. No pude resistirme y toqué una flor grande y rosada; vi cómo se deshacía en mi mano y en el aire, la flor se expandía como si fuese una nube perfumada. Sentí en el aroma un placer que destilaba una sutil agonía. Intenté moverme despacio; no quería arruinar esa magnífica esencia, perturbar ese paisaje de paz con mi torpeza humana. Alrededor mío seguían explotando las flores; ahora las amarillas, después las rojas y las azuladas. Al no saber cómo reaccionar miré para arriba; el cielo se daba vuelta y ahora era el agua la que me inundaba. Las flores se evaporaban; dejaban en mí una resina que en mis venas se impregnaba. Vi también cómo mi vida entera, de a poco, se desnudaba. Bajé la mirada y en frente mio apareció una enorme piscina que, calma y cristalina, levemente ondulaba. Me rodeaba una selva de ruido y magia; aves, insectos y sapos por mi cabeza danzaban. La sinfonía, que era confusa al principio, un mensaje anunciaba: yo estaba desnudo, sin frío y sentía una tibia caricia en la espalda. Arriba mio, suspendida, una luna de fuego y lava. Sentí su calor; sentí como me quemaba. Supe inmediatamente que ahora mi único refugio era el agua».

«Sin cansarse»

«Al sumergirme en la pileta, sentí que la inmensidad de un portal oscuro y frío me esperaba. Empecé a nadar hacía el fondo movilizado por la curiosidad; creyéndome a salvo en aquel denso abismo. Más abajo me sentí atraído por una imagen borrosa que se movía bruscamente de un lado a otro en el agua. No había, en ese momento, nada más que pudiese captar mi mirada. Mientras me acercaba a esa sombra percibí que algo extraño pasaba. Respiré muy hondo mi propio miedo; respiré y sentí que me asfixiaba. Me vi en aquella profundidad reflejado en una silueta humana que sin cansarse nadaba. La vi morir al poco tiempo; la vi ahogarse en el agua. Miré hacía el fondo y muchas más figuras con mi imagen nadaban; confundidas, perdidas, sin brillo, sin pausa. Sentí que en esa profunda, triste y azul escena todo lo que era vida se apagaba. No quise mirar más, me asusté; pensé en emerger; pensé en salir rápido del agua. Mientras subía, sentí que el calor de la luna nuevamente me cobijaba. En ese momento empecé a ahogarme, y con las fuerzas que me quedaban, pude traspasar la última membrana del líquido mientras, al mismo tiempo, en una cama me despertaba. Respiré. Sentí de vuelta la calma; sentí cerca mío el olor que yo amaba. Respiré. Estaba tranquilo, recostado sobre mi almohada. Respiré. Sentí el calor de una mano apoyada sobre mi espalda. Respiré. Sentí que el miedo al fin se disipaba. Respiré. Sentí, como de a poco, se reparaba mi alma. Respiré. Miré las cicatrices de mis heridas cerradas. Respiré. Comenzaba la mañana y un tempranero rayo de sol me anunciaba otro alba. Sobre la mesa de luz un libro y en la primera página una cita subrayada: “Sólo puedo contártelo en forma de cuento. Casi todo es mejor contado en forma de cuento”.

Federico Iglesias

Morphine, «Good», 1992, Álbum completo

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