Dibujo su figura en mis neuronas. Se desliza por ellas, las acaricia y las pone a gusto.

Es el semblante y el paso, pero debe ser también la madre y la mujer —porque es inútil pensar que sólo se trata de líneas—

Son las líneas de sus manos, de su pelo, de su sonrisa y de esos labios. Hacen juego con el cielo, con el amarillo del colchón y con la forma de la felicidad.

Y qué placer me provoca pensar en todo esto.

Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

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