
Luciana destrozó el sobretodo de Gonzalo. ¿Los motivos?
Ella sonríe habitualmente, y así desencadenó la tragedia. Parece poco, pero ustedes no conocen la sonrisa de Luciana ni las consecuencias que puede provocar.
Luciana —esa modelo del lápiz labial— vende ahora helados en la esquina de Corrientes y Mario Bravo.
Bravos fueron los acontecimientos, porque Gonzalo decidió un día hacer los méritos necesarios. Prometió entonces tomar diariamente refrescos hasta lograr cariño de parte de la vendedora.
El joven es algo fantasioso y cree que Luciana lo acaricia con los ojos o lo besa con la sonrisa. Le agrada sentarse durante horas en la esquina brava y puede descubrírselo habitualmente lamiento cucuruchos que manchan su sobretodo. No es absurdo que use este abrigo, considerando lo que significa tomar helados al aire libre un 12 de Julio, hasta las cuatro de la madrugada.
Este muchacho suele ponerse insistente. Cree que Luciana lo provoca y se considera con el derecho de formular preguntas ridículas. Puede vérselo aferrado sobre el mostrador o arrastrándose hasta el bebedero, mientras mira a esta mujer y le requiere su opinión sobre las hipotéticas conductas de sus hipotéticos nietos (los nietos comunes, claro está).
Luciana está algo confundida. No sabe qué contestarle a un hombre en estas condiciones, pero tampoco quiere ocultar la verdad.
La verdad es que ella sólo vende helados, y la presencia de Gonzalo le resultaría casi indiferente si no fuera por los comentarios que genera en el barrio. También se preocupa por la salud de su pretendiente, y es que no se recomienda tomar helados a la intemperie, con menos de cinco grados de temperatura.
Gonzalo no examinó todo esto. Siguió insistiendo y la vendedora —cuando agotó su paciencia— empezó a buscar la forma de alejarlo: le servía helados derretidos, ensuciaba con tierra los cucuruchos y echaba aceite en el tanque del bebedero. Imperturbable y algo desvergonzado, Gonzalo siguió con su costumbre.
Hasta que un día, en un ataque de furia, Luciana recortó en jirones el sobretodo de su cliente. Es inédito el riesgo que corre Gonzalo, pero le sobra confianza y sólo se compró un pullover grueso para continuar con su costumbre.
«Y es que ustedes no conocen esa sonrisa», afirma el muchacho.
Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

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