Justo hoy no estás, en este domingo oscuro. Olvidate de los insultos y de las caricias desatendidas.

Apenas necesito que aparezcas y me escuches un rato, pretendo girar la esquina y descubrirte esperando el colectivo. Quisiera que nos sentáramos en el cordón de la vereda y habláramos sobre la sensación térmica.

Aseguro, entonces, que no te propondría recordar viejas épocas, desandar la noche, ni besarnos apasionadamente. Tan sólo espero que te presentes y hablemos un poco porque es verdad… hoy me duelen tus alas.

Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

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