
Esteban no puede dejar de pensar en que Florencia está cada día más linda. Todas las mañana percibe alteraciones en su cara, sus ojos, su boca y su expresión. Distingue los favorables cambios que muestra su cuerpo, su amabilidad, su astucia y su inteligencia.
Hoy con 20 años, 10 meses y 7 días, Florencia está radicalmente distinta a lo que era a sus 19 años. Más llamativo, no obstante, es encontrarla muy diferente a esa mujer que conoció con 20 años y 5 meses. Pero su mayor sorpresa es verla mucho más hermosa de lo que era a sus 20 años, 10 meses y 6 días (ayer concretamente).
Las transformaciones son tan profundas y veloces que Florencia debió haber partido de una base muy pobre. A veces Esteban se entretiene (y entretiene a sus sobrinos) dibujando su cara tal como la piensa el día en que cumplió 17 años. Otras tardes de sorprende (y los sorprende) imaginándola con apenas 15.
Aunque reconoce que los asusta imitando su semblanza a los cuatro años. Y es que debió haber sido realmente muy fea. Le averguenza imaginarla con esa edad, le hace daño. Ha consultado gastroenterólos, psicólogos y curas, pero ninguno pudo solucionar ese terror que le provoca pensar en la niña que Florencia fue.
Así sobrevino su ruptura con esa joven y habrá que reconocer entonces la fragilidad del amor, porque todo empezó al verla más linda cada día.
Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

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