
Esteban se negó a compartir su habitación de pensión con un rengo porque —dijo— «nunca puede dejar de temérsele».
«Todo rengo —explicó al dueño del albergue— posee los sentidos hiperdesarrollados: el gusto, el oído, el equilibrio y hasta el sentido común. Demuestran ventajas sobre el resto de los mortales en lo referente a su memoria, su inteligencia, su agilidad mental y —paradójicamente— también su velocidad motriz».
Comentó que habían conformado desde hace décadas la «logia de los rengos», que extendió rápidamente sus actividades. «Esa logia se dedicó primero a tareas superfluas: descuentos en los bastones, control en el funcionamiento de ascensores y manifestaciones en defensa de una rampa para cada esquina. Enseguida comenzaron a escribir libros de autoayuda y a dictar cursos de control mental sobre la renguera. Sobrevaloraron su condición de rengos, determinando que su pierna sana hacía causa común con las miles de piernas únicas de los demás rengos y así comenzaron a segregar individuos. Desarrollaron las virtudes enumeradas y —con razón— percibían como inferiores a los ´bípédos ambidiestros´, como gustaban llamarles».
«Pero el punto cúlmine —siguió detallando Esteban— llegó con el intento de exterminio de todos los ambidiestros. Desarrollaron modelos de bastones-escopeta, utilizaron trampas sin ética (¿´me ayuda a cruzar, por favor´?) y complejizaron sus técnicas: infiltración en servicios de inteligencia, en compañías telefónicas, en empresas constructoras de escaleras y en las fábricas de chalecos antibalas que inundaron el mercado para defender a los bípedos de esos bastones-escopeta».
«No sin gran esfuerzo —que incluyó la participación de las Fuerzas Armadas, algunos mentalistas, pitonisas y cooperadoras escolares— la logia fue finalmente desmantelada por las organizaciones bípedas. No obstante, en cualquier cuarto de pensión queda algún nostálgico —finalizó Esteban— y nunca puede dejar de temérsele»
Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

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