Federico Iglesias

Presentamos hoy el anteúltimo relato 2026 de Federico Iglesias en nuestro Blog.

«No quiero cansar a la gente, seguiré publicando recién el próximo año», nos dijo.

Sus siete relatos 2026 (y el octavo que nos prometió para el próximo domingo) vas a poder encontrarlos siempre desde Este Link.

Federico se comienza a despedir entonces con «La Teoría de los Tercios», que don Justo Nogales —luego de la muerte accidental de dos gallinas y algunos daños provocados en su propiedad— le explicó al protagonista del texto hace ya 27 años.

¡Esperamos tu comentario!

«Empecé a ayudarle al viejo Nogales por deber y obligación. Era mi forma de compensarlo por el daño, después de haberle chocado la tranquera y ocasionarle la rotura de un poste y la accidental muerte de dos gallinas que quedaron atrapadas bajo el tejido romboidal de alambre. Durante cinco semanas, tuve que asistir a su casa todas las tardes después del colegio. Iba solamente de lunes a viernes; el viejo excluyó los sábados porque por ese entonces viajaba a Dolores los fines de semana. Nunca lo confesó, pero creo que había empezado a verse con una novia que había tenido de joven y que se habían reencontrado a través de una carta o algo así me dio a entender una de esas tardes, justo cuando nos estábamos despidiendo. Esto pasó en la primavera de 1999, después de mi viaje de egresados, mientras cursaba el noveno grado del viejo polimodal«.

La ilustración elegida por el autor para su relato, en Pinterest

Ya desde la primera charla que tuvimos, el viejo fue claro respecto a cómo quería que fuese la relación entre nosotros y qué quería que haga yo en su propiedad. – «Vos vas a venir tres horas por día» – me dijo. – De las dos de la tarde a las cinco. La primera hora vamos a trabajar; en lo que haya que trabajar ese día. Después te vas a tirar una siesta de una hora en el sillón o en la pieza donde tengo los armarios. Y a las cuatro vamos a tomar mate y a charlar o a hacer alguna otra cosa hasta que te vayas. ¿Ta bien? –
– ¿No podemos trabajar las tres horas? – le repliqué. –Así terminamos antes. Con todo lo que hay para arreglar… digo ¿No?–

Me acuerdo que el viejo escuchó lo que le decía arrugando la mirada y antes de contestarme, levantó una ceja. – «Vos vas a venir tres horas por día y sólo una hora vas a trabajar. ¿Para qué querés terminar antes? Mira, te voy a contar algo: hay tres tercios en la vida de cada persona y andá aprendiéndolo ahora que sos pibe. Uno es para dormir. No hay otra; si dormís menos a la larga vas a dormir más. Y si ahora dormís mucho más, cuando seas viejo vas a dormir menos; todo se compensa. Es equilibrio natural. Lo mismo si te la pasás trabajando; en algún momento vas a estar obligado a frenar el carro y dejar de laburar. Pero ahí te la regalo, porque a ese punto no llegas ni por las buenas ni con salud; te cae de lleno en la jeta como planazo de cuchillo. Y a veces te puede tocar tan fulera que ni llegas a contarla».–

Después de esa aclaración empecé a quedarme en silencio mientras el viejo hablaba; de alguna manera me sentía en falta con él y por otro lado, otra no me quedaba. Mi papá había sido claro; del arreglo del auto se hacía cargo mi familia, pero los daños a la propiedad de Nogales tenía que enfrentarlos yo solo y así era la propuesta de don Justo. A los quince años que yo tenía en ese momento no le causaron mucha gracia el trato que pactaron entre ellos, pero era lo que había, y entendí que evidentemente eso también iba a incluir el tener que escuchar alguna perorata.

– «Otro tercio se te va con las obligaciones; el trabajo, los quehaceres domésticos y las banalidades de todos los días; bañarte, pagar los impuestos, hacer un mandado, arreglar un enchufe o juntar los soretes del perro. Así que acá vamos a hacer lo mismo. Un tercio del tiempo vas a laburar, otro tercio descansar y en el último tercio hacemos otras cosas más importantes. Mis reglas son esas; y si no te gusta jodete. Vos sos el que vino a aprender a manejar acá en mi calle en el medio del campo. Así que a bancársela varón. Y no le eches la culpa a tu viejo que no fue él, el que se incrustó contra la tranquera de mi casa. Yo le dije a tu papá que no iba a hacer ninguna denuncia. Yo sé que no tenés licencia de conducir; pero no pasa nada, ya vas a aprender a manejar. Mientras tanto me vas a ayudar acá algunas semanas hasta que todo quede como estaba. Después podes irte y si querés no venís más. ¿Tamo?–

La primera tarde, don Justo me hizo pelar y limpiar las dos gallinas que había matado. Durante esas semanas que siguieron le arreglé la tranquera y el poste; volví a colocar el alambrado y también sembré algunas plantas que se habían aplastado. Fui haciéndolo de a poco, día tras día. Después de la labor venía la siesta; y pasada esa segunda hora, el viejo Nogales ponía la pava y me chiflaba para que me levantara y fuese hasta el comedor. En ese último rato charlábamos mucho, y aunque nunca me contó nada personal, siento que en su teoría de los tercios de alguna manera me fue relatando gran parte de su vida. La segunda tarde que estuve en su casa, después de la siesta, se largó a llover torrencialmente. Le pregunté a don Justo para qué servía esa última hora que íbamos a tener todos los días. Me dijo que la respuesta me la iba a escribir y que al otro día me la iba a dar. Y así fue, sólo que no me la dio al otro día sino la última tarde de esas cinco semanas. Aún tengo, doblada dentro de un libro, esa hoja amarillenta que guarda el pulso manuscrito del viejo Nogales.

“Algún día vas a ser viejo; vas a mirar para atrás y vas a ver que con ese último tercio, que quizás hasta sea más chico incluso que el tercio real de todo tu tiempo, vos pudiste hacer lo más importante de todo: en ese tercio pudiste escuchar una canción que te hizo emocionar o descubrir una flor en el medio del campo. Pudiste leer un libro que cambió para siempre tu mirada sobre el mundo. Pudiste aprender y enseñar; crear e inventar. Pudiste ir al cine, pintar un cuadro, tocar un instrumento o viajar; en auto, en tren, en avión, en barco o a dedo. Pudiste dormir en una carpa o al aire libre mientras afuera el río y los animales te brindaban sin cargo un concierto. En ese tercio cocinaste para alguien que amabas; abrazaste a tu gato o le leíste un cuento a tu hijo. Pudiste también tener una charla profunda con tus abuelos o tomar mates con un amigo mientras escuchaban en la radio un partido de fútbol del que nunca más se iban a acordar. Pudiste ponerte en pedo o bailar; pudiste trepar un árbol, meterte en el mar; pudiste sentir que la lluvia moja pero nunca hace mal. Pudiste enamorarte una o muchas veces; pudiste reír, gritar, putear y llorar. Pudiste amar y dar lo mejor de vos, sólo por darlo, aunque no lo quisieran o no lo supiesen ver. En ese tercio respiraste y te sentiste vivo de verdad cuando después de ensuciarte o correr, de transpirar y de quemarte mientras mirabas un fuego en el que iban a arder para siempre tus sueños, te dormiste como un perro cansado de ladrar. Hiciste el amor, en todas sus formas; con la piel, con los ojos, con las palabras, con el silencio y con el alma. Sólo por ese tercio ya vale la pena levantarse cada mañana; poner la pava, mirar por la ventana y creer, mientras sale el sol, que ese día que recién está empezando puede traer algo que nunca habías visto y que al aparecer, como si fuese un repentino soplo de viento cálido, te das cuenta, que ya muy adentro tuyo, había un latido que te estaba anunciando la llegada de ese algo que ni vos mismo sabías que estabas esperando».

Justo Nogales se murió el invierno siguiente. No llegó a ver caer las Torres Gemelas, aunque tampoco las hubiese visto caer de haber seguido con vida porque no tenía televisor ni le interesaba tenerlo. Un amigo me dijo que tenía ciento once años el día de su muerte; me pareció una exageración. Aunque con el tiempo aprendí a no descartar ni dar por sentado nada en la vida; ni siquiera las propias palabras del viejo que aún resuenan con cierto eco en mí. Esas dos hectáreas de campo las heredó una sobrina que don Justo tenía en Buenos Aires. Dicen que derrumbó el rancho y que toda la parcela fue loteada; yo, después de que el viejo murió, nunca más volví a pasar por ahí. Y no creo que vuelva a pasar; hay lugares que están a salvo y permanecen intactos sólo en la memoria. Y está bien que así sea; el contraste que ofrece el devenir del tiempo a veces es cruel con los recuerdos pero siempre es inclemente con los sentimientos que supieron alojar.

Federico Iglesias

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