
Gonzalo lloró lágrimas espesas. Durante siete tardes y seis noches sintió que había perdido un futuro feliz. Creyó que la casa se le venía encima, que el televisor le hacía muecas, que la cama lo atacaba y que las perchas se burlaban de su suerte. Cuando el freezer comenzó a cocinar los alimentos y el horno los congelaba, decidió pedir ayuda.
Le comentaron la existencia de la Organización de Ayuda al Desamparado (O.A.D.) que funcionaba en la esquina que forman la Av. Corrientes y la calle Mario Bravo.
Pero Gonzalo conocía la historia y conocía la vendedora de helados que trabajaba en la planta baja del edificio. Había dejado en esa esquina jirones de confianza y puntos inconclusos. Y es claro que con esa mujer tuvo que ver todo esto (digo con los jirones, con los puntos y con las lágrimas espesas).
Ella lo había advertido. Le dijo al muchacho que podía correr riesgos. Gonzalo decidió afrontarlos y para llamar su atención cruzó desiertos, atravesó un mar y escaló cuatro cerros; aunque todo tuvo un límite —cuando llegó esa tristeza—.
Al cabo de un tiempo el desconsuelo pasó, pero también es cierto que Luciana volvió a engañarlo, sonriendo nuevamente.
Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

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