Gonzalo temió que la esquizofrenia lo encerrara, porque una esquina sudeste lo tenía atormentado. El problema empezó siendo menor, pero claro, el mundo en que vivía no era demasiado alentador y pensó que Luciana podría salvarlo.

Así fue como, después de darle el primer beso, en lugar de acariciarla corrió a escribirle un cuento. Ella lo tomó cariñosa y alegremente, pero con el paso del tiempo empezó a preocuparse.

Es que mientras Gonzalo la amaba recitaba poemas, y cuando se bañaba ensayaba sonetos. No cerraba la puerta estando solo, porque temía que Luciana no pudiera abrirla, y cuando estaba con ella ponía ocho candados, para que no se sintiera tentada a escapar.

Temía que el gas pudiera asfixiarla y controlaba siete veces, antes de acostarse, la posición de cada llave. Pensó, incluso, que Luciana podía ahogarse mientras dormía la siesta, y se preocupaba para clausurar el paso de agua antes de partir fuera de casa.

Y Luciana comenzó a sufrir todo esto. Gonzalo no la toca sin tener luego catorce horas para escribir un libro, y jamás podían hacer el amor durmiendo plácidamente después.

Pero el joven cayó finalmente enfermo. Debieron internarlo, y Luciana lo visita diariamente. Es ahora ella quien le escribe cuentos, le cierra las llaves de gas y le entrega su compañía sin horarios ni medida.

Es justo reconocer que Luciana también lo ama, en forma mucho más real.

Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

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