
Soledad Rossa Muñoz es una geselina de 38 años que vive en el barrio de Monte Rincón. Le gusta escribir «desde muy chica», y a partir del mes pasado comenzó a publicar sus relatos en nuestro Blog.
Esta semana, al hacernos llegar el texto que hoy publicamos nos dijo «como les conté anteriormente, soy muy amante de los animales. No solo de los perros y los gatos, también me gustan mucho las aves. Pensando en eso es que se me ocurrió el siguiente relato«.
¡La leemos!
«Arturo acababa de jubilarse; había estado trabajando durante años como operario en una ruidosa fábrica textil y, a la edad de 65 años, ya había concluido con su labor y era momento de comenzar su retiro. Lo que comúnmente suele pasar es que suele rondar en la cabeza ese pensamiento negativo de que uno dejó de ser necesario en la sociedad, y empieza a aparecer un vacío que muy pocas personas logran saber cómo llenarlo».
«Arturo se sentía así. Un día salió a caminar como todas las tardes y pasó por una plaza; como estaba fatigado, se sentó en un banco y unas palomas enseguida se posaron cerca de sus pies. Estaban allí paradas, mirándolo. Él pensaba por dentro: «¿Mirarán mi tristeza? ¿Se darán cuenta de mi soledad?». Entonces vio que en un extremo del banco alguien había dejado un pedacito de pan, lo tomó y comenzó a desmigarlo y a arrojar las migas a las aves, que muy gustosas las comieron. Arturo se quedó allí un largo rato observando a las aves; después levantó un poco la vista y vio que en la plaza también había un pequeño estanque, donde había unos patos nadando en el agua. Alzó la vista un poco más y vio que el cielo estaba despejado y se veía ese hermoso color azul intenso. Contempló su alrededor, tomó aire profundamente hinchando su pecho, se despidió de sus amigas las palomas y retomó su camino a casa».
«Aunque había sido un hecho bastante sencillo, ese simple acto de respirar y alzar la vista lo había llenado de una vitalidad como si hubiera rejuvenecido un par de años».
«Al día siguiente hizo nuevamente la caminata hasta la plaza, pero esta vez llevó consigo una bolsa llena de migas de pan. Buscó el mismo banco, se sentó allí y nuevamente sus amigas palomas regresaron. Esta vez les habló diciendo»:
— «Hola amiguitas, hoy sí traje algo para ustedes».

«Y tomando un puñado de migas de la bolsa se las arrojó nuevamente. Entonces, mientras observaba a las aves comer, vio que un hombre de más o menos su misma edad se sentó en el banco contiguo, lo saludó amablemente y le dijo»:
— «¿Qué bellas que son, verdad? —haciendo referencia a las aves».
—«Sí —contestó Arturo—, son mis amigas».
—«¿Venís acá seguido?» —le preguntó.
—«Hace dos días en realidad».
—«Yo suelo venir todas las tardes también. Me llamo José».
«Y le extendió la mano para saludarlo. Se estrecharon amistosamente y siguieron conversando un poco más; luego se despidieron».
«Arturo siguió yendo a la plaza todas las tardes desde entonces. No siempre viene su amigo José; a veces viene Norma, otra señora que también es amante de las aves, pero ella viene a ver a los patos nadar en el estanque. Suele conversar un poco con él a veces. Un día vino una mamá con su bebé, se llama Mónica; tampoco va todas las tardes, pero suele ir a veces los domingos porque son sus días libres. Le gusta hablar con Arturo; dice que le recuerda a su papá, que falleció hace unos años».
«Cuántas personas pasan por esa plaza, cuántas historias de soledades que no conocemos, y a veces pensamos que somos los únicos atravesando este camino solitario. Dejame decirte que no estás solo, tal vez necesitas unas migas de pan para tu alma».
Soledad Rossa
