Y obsesiones, completaría el título. Es que a Matías nunca le gustó el número 3, y la cuarta mención del sustantivo le ayudaría a dormir más tranquilo. Su idea es que si la tercera es la vencida, la cuarta hace referencia a la perpetuidad.

Claro que tampoco podría dormir sin controlar por decimoséptima vez la llave de gas y la puerta, para confirmar que estén correctamente cerradas.

Aunque el gas y la puerta ya han pasado a un segundo plano. Acaba de desparramársele un cigarrillo encendido sobre el piso y catorce veces (ese sí es un número atractivo, porque supera al trece) ha verificado el parquet, temiendo por alguna brasa encendida. Dos horas se ha mantenido despierto, esperando que esa brasa se convierta en fuego antes de dormirse.

Desplaza sus libros y la radio hacia el costado derecho de su cama. Podría escapar entonces del incendio si abriera los ojos a tiempo.

Pero las veinticuatro veces (otro número interesante) que verificó su despertador lo obligan a pensar que su problema se agiganta, y las dieciete oportunidades en que se inclinó por debajo de la cama lo llevan a pensar que tan sólo espera encontrar a Grisel allí abajo, para que duerma en su cama.

Y hasta recordarla lo acompaña. Tan sólo quisiera que la cantante de tangos se entere de su muerte bajo las llamas y que sepa en quién estuvo pensando antes de dormirse.

Anota estos pesamientos en un papel, los traslada hasta el living (para que puedan rescatarse del incendio) y mira bajo la cama, ilusionado con encontrarla y sentirse acompañado.

Claro que lo más probable es que la mesa del living, y estas hojas, se calcinen con su cuerpo y nadie se entere de quién es Grisel.

Parece que Matías se siente solo. Si hubiera tenido una correcta educación católica le hubieran enseñado a pensar que Dios está acompañándolo siempre. Y tal vez pudiera sentirse mejor.

Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

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