
Matías no tiene nada en la cabeza. Ningún dolor y ninguna preocupación, aunque tampoco alegrías ni satisfacciones. Y esto le causa placer.
No recuerda ninguna obligación para el día siguiente, pero esto es muy atendible si pensamos que también olvidó su nombre.
Está sentado en un bar desolado y silencioso. Sólo se escucha Radio Colonia emitida a un volumen muy bajo, desde una pequeña emisora a transistores que la dueña, cajera y cocinera del lugar puso sobre el mostrador. Claro que no hay nadie para cocinarle, nadie para servirlo y nadie para manifestarle que es la dueña. Sólo está él, a quien ya sirvió y ya cobró. Quien, por otra parte, ya está enterado de quién cocina y quién es la dueña del lugar.
Radio Colonia sostiene la existencia de esa mujer, y también la de Matías.
Es extraño, pero lo disfruta.
Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

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