
Estos cuentos están dedicados a quienes cumplan, para alguien, la función de enfermeros (aunque jamás lo sepan). Y a Charly García, por explicarlo.
A quienes aman, consolando a los desamados. A los maquinistas, a las escaleras mecánicas, a los entes tripartitos; y a mi abuela. Es que no quiero que analicen el motivo de mis ataques de hígado, simplemente espero que me sirvan un té. Para qué solucionar la inmovilidad de mi brazo izquierdo, si basta con acercarme una silla.
Te pido entonces que no justifiques mi soledad. Tan sólo quisiera que me acompañes esta noche, me enciendas el cigarrillo y sirvas otra copa.
Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

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