Finalmente, Luciana besó a Gonzalo.

Es verdad que se sintió un poco obligada por las circunstancias, pero eso no desmerece el gesto. Fueron, a fin de cuentas, circunstancias que supo provocar el muchacho frente a la heladería, en una de esas frías noches de invierno.

Y es que Gonzalo tomó a la vendedora de helados de un hombro y se puso enérgico. Le repitió que estaba cansado de verla tras un vidrio, que dudaba de la dirección de su sonrisa y que ya no sentía las caricias de sus codos. Algo enfurecido, arrastró entonces a Luciana sobre una pared de la calle Mario Bravo.

Allí sujetó su rostro y le dijo que la amaba (realmente la amaba). La miró profundamente y apoyó su boca sobre los labios de la mujer.

Claro que Luciana estaba atemorizada por la violencia del joven, aunque también es cierto que pudo haber escapado a tiempo. Pero parece que no escapó y acarició a Gonzalo, ahora no sólo con su sonrisa, sino también con sus labios.

El barrio aplaude, porque siempre exigió un final feliz para esa historia de amor que se desarrollaba sobre sus calles.

Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

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