
Cuando Esteban escuchó las andanzas de su hermano, comenzó a cuestionarse seriamente su franja.
Y es que la noticia —un jardín desleal— colmó su vaso. Creía superadas las acciones de su última mujer, la ingratitud de su hija y las frases de su padre (a quienes hubiera considerado antes de su lado).
A la noche se plantó entonces frente a la mesa de la cocina. Puso sobre ella dos recipientes iguales y decenas de papeles cortados. Escribió más de 50 nombres en esos trozos de papel y los puso en dos cajas: una a la derecha (´los de su lado´) y otra a la izquierda (´los adversarios´).
Se sintió un poco mejor al finalizar su tarea, preparó un café y se recostó satisfecho en su sillón. Apenas acomodado, una inesperada corriente de aire volcó las cajas y esparció los papeles. Los nombres volvieron a mezclarse y Esteban llamó entonces a su madre, sin considerar que había muerto hacía ya 12 años.
Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

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