Esteban encontraba su casa un poco fría, y las paredes dejaban ver algo de escarcha. La puerta del balcón estaba clausurada, los huecos internos del edificio (las escaleras, el ascensor) se congelaban normalmente y era terrible la sensación de humedad que transmitían los ladrillos. El joven pensó primero que todo obedecía a filtraciones invisibles, pero mejorar el revoque no solucionó el asunto.

La situación se tornó tan angustiante que Esteban comenzó a cenar en el bar de Graciela. Ella no ofrecía mucha variedad en sus comidas: preparaba sólo canelones o peceto al horno, aunque en ocasiones lo agasajó con ravioles y fideos.

Pero los canelones y el peceto no evitaron ese frío que empeoró con la llegada de la primavera. Nuestro desdichado tomaba tres tazas de té con miel antes de dormir y usaba dos estufas eléctricas apuntando a su cara.

Las semanas continuaron igual, hasta que un día Florencia —esa niña que crecía rápidamente— se acercó hasta la casa. Quiso cocinar, ordenó la heladera, limpió el parquet de piso, removió la tierra de las plantas y durmió —incluso— una siesta sobre la cama de Esteban.

Ahora ya no se forma escarcha sobre las paredes ni el hormigón transmite esa humedad. Quien quiera puede salir a visitar el temor a congelarse y recorrer todo el edificio en ascensor.

Esteban está pensando en comprar cuatro ventiladores que descubrió en oferta; porque quiere evitar que tanto calor derrita su melancolía.

Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

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