
«Como escritora amateur pero muy apasionada por lo que hago, les cuento que desde chica siempre he tenido mucha imaginación, de hecho la sigo teniendo y es por eso que cuando la inspiración llega a mí, me surgen mil historias; hoy les contaré una de ellas:
Todo comienza una mañana, cuando Anita despertaba como siempre para alistarse e ir a su trabajo. Ella vivía en un departamento, y da la casualidad de que en su cocina había una ventana que daba justo a la ventana de la casa contigua. Si bien ella desconocía quién vivía allí, lo común era siempre ver un gato gris sentado frente a la ventana, mirando hacia donde ella estaba. Así que todas las mañanas, cuando ella preparaba su café, solía verlo allí sentado, mirándola como si la observara mientras ella hacía sus quehaceres».
«Al principio no le daba mucha importancia, porque… ¿qué más da? Es solo un simple gato. Pero con el tiempo empezó a encariñarse con él. Ya se levantaba y corría la cortina para ver si lo veía allí sentado. Y, claramente, allí estaba, como si supiera a qué hora ella se levantaba. Entonces Anita comenzó a sentarse a tomar su café frente a su ventana, y se quedaban los dos mirándose como si se adoraran».

«A veces ella solía pensar en un nombre: «Tiene cara de que es una hembra, se podría llamar Tina. Como el apodo que le ponía a mi hermana Martina. Hace mucho que no sé nada de ella, tal vez esta gatita sea mi recuerdo de ella». ¿Qué tendría que ver un gato con su hermana? Y es que a veces se sentía tan sola que añoraba su compañía. En cierta forma, el gato comenzó a serlo».
«Hasta que un día despertó, se preparó su café, se asomó a la ventana y no estaba. Le pareció raro, pero ese día no le dio importancia. A la mañana siguiente, tampoco lo vio. Entonces, antes de irse a trabajar, hizo algo que nunca había hecho: fue hasta la casa de al lado y llamó a la puerta».
Entonces salió un hombre.
—«Hola, buen día».
Anita se lo quedó mirando extrañada; nunca se le había ocurrido pensar que allí vivía un hombre. Entonces le dijo:
—»Sí, disculpe que lo moleste tan temprano, ¿pero usted tiene un gato?»
El hombre le sonrió y le dijo:
—»Sí, tengo un gato, se llama Tomás».
—»Ah, es un macho» —dijo Anita.
El hombre la miró confundido:
—»Sí, ¿pero a qué viene su visita?»
—»Es que yo vivo en el departamento de al lado y siempre lo veo desde la ventana de mi cocina. Hacía un par de días que no lo veía y quería saber si está bien».
El hombre se rió y luego le contestó:
—»Sí, está bien, solo que estos días lo llevé al veterinario porque estaba un poco descompuesto. Está recostado hasta que se mejore».
Anita respiró aliviada; entonces se despidió, pero antes de irse, el hombre le dijo:
—«Por cierto, me llamo Joaquín, ¿y vos?»
—»Anita, un gusto».
—»¿Estás muy apurada o podés tomarte un café?»
—»Bueno, será un café entonces».
Resuelto así el misterio del gato, por fin tuvo quien le hiciera compañía.
Soledad Rossa
