
Hace ya como un año que Grisel dejó de cantar tangos y de atajar platos. Son las once de la noche y Matías está tan descarrilado como entonces, pero ya nadie lo consuela con su voz.
Las cosas cambiarían si esto fuera una carta de amor, si Matías no sintiera verguenza, si barajara nuevamente o —incluso— si hubiera podido cartearse.
Así podría decirle que la extraña y se animaría a confesarle el sueño de que —inexplicablemente— lo busque. Le pediría que vuelva a cantar tangos y que siga haciendo malabarismos con los platos.
Y es que los platos están totalmente destruídos, pero alguien tiene que recomponerlos.
Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

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