Matías tomó un tren y se marchó al campo. Dejó la ciudad, dejó los bares y las relaciones desarraigadas.

Buscó una mujer, formó una familia y ahora se acompaña con los ombúes, los atardeceres y la tierra fértil.

Pero su nueva esposa —previsora— está montando un bar simulado en el fondo de la casa: un grabador pasa una cinta donde grabó las voces de sus amigos del fango, una vieja fonola deja escuchar a Grisel cantando tangos y hasta un proyector Súper 8 muestra las caminatas de la camareras dentro de los bares.

La mujer cree que así podrá reternerlo, pero sabe que le va a resultar difícil.

Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

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