Es que llegó la tristeza, pero no llegó el límite. Ocurre que Gonzalo siguió concurriendo a la esquina sudeste, a pesar de que Luciana no vende más helados.

Ahora, ella se gana la vida comiendo neuronas.

El mordisco que le propinó a su pretendiente produjo algunas consecuencias serias: el joven del sobretodo sufre hoy una severa crisis de desverguenza.

Y es que a pesar de la ausencia de Luciana, el muchacho se humilla ahora frente al padre de la vendedora, frente a sus ocho hermanos y frente al nuevo responsable de los cucuruchos. Pide clemencia, pide perdón y llora desconsoladamente. Tan sólo espera que lo golpeen y que se rían en su cara.

Gonzalo evaluó la situación, reconoció su inclinación masoquista y quiso recorrer nuevos senderos.

Pero es inútil. Nada puede alejarlo del sufrimiento que le produce toda esta historia.

Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

Write A Comment