
Una tarde, sabiendo que Luciana estaba en Trenque Lauquen, Gonzalo decidió —de todas formas— concurrir a la esquina brava.
Sin obligación de mostrar su fortuna, el joven del sobretodo pidió un pequeño helado al hombre que lo atendió. Disfrutó del resfresco y la estadía, aunque una suave taquicardia afectaba su pecho.
Pensó que el nerviosismo se debía a los recuerdos que el lugar le provocaba, pero no dejó que el miedo lo paralizase. Quiso demostrar en el barrio que, a pesar de la ausencia de la vendedora:
- Podía tomar helados durante horas en el invierno
- Acostumbraba leer los clasificados, fúnebres y bursátiles del diario.
- No se amedrentaba por tener que estar durante horas sentado en una silla.
- Frecuentaba el bebedero sólo por el placer de tomar agua.
- También miraba al vendedor y hablaba con él, a pesar de que el hombre tenía una geometría muy distinta a la de Luciana.
Pero mientras repasaba una página de su periódico, Gonzalo sintió un extraño cosquilleo en su cuerpo. Elevó su mirada y vio llegar a Luciana, que volvía cargando una mochila desde Trenque Lauquen.
Descubrió entonces la verdadera causa que lo había llevado hasta la heladería, a dialogar con el vendedor y a permanecer luego durante horas sentado en una silla. Todos los motivos que supuso en un principio cayeron rápidamente, pero Gonzalo sabe ahora que puede oler a Luciana, aunque ella lo ignore.
Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

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