Al dejar su cuarto de pensión, Esteban se mudó hacia un cementerio suburbano. Cuando llega a su nueva casa respira profundamente, siente el aire suave en sus pulmones y sus ojos reflejan el verde de las arboledas.

Estaciona su auto con comodidad, saluda gentilmente a las parejas que pasean sus pequeños hijos y pide al almacenero que le fíe queso y pan porque —explica— «me quedé con la heladera vacía». Los perros de la cuadra que habita se alborotan al escucharlo llegar, ya que la zona es muy silenciosa y pueden reconocerlo.

Abre la puerta de su casa y se prepara para dormir en paz, sobre el mullido colchón blanco. Sin embargo, los latidos de su corazón no indican nada alentador, la desesperación estalla, Esteban sale a la calle y cierra bruscamente la puerta.

Toma su auto y —a medida que devora kilómetros— siente ser un náufrago a punto de tocar tierra: está conduciendo hacia su barrio real.

Llega a la puerta de su vieja pensión con dificultad y abandona su auto donde puede. Se para en una esquina y respira profundamente. Ahora es una mezcla de dióxido de carbono, alquitrán y nicotina lo que se apodera de sus pulmones. Pelea con decenas de transeúntes, saluda a dos extraños y visita a Soniette para empaparse en alcohol y nostalgia.

Borracho, agotado y malholiente vuelve a dormir a la paz de su cementerio suburbano. Ahora puede hacerlo, porque lleva a toda su familia dentro suyo.

Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

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