
Pareció premeditado por Gonzalo, pero él no decidió que las temperaturas del invierno treparan hasta los 37 grados. Así como continuó disfrutando de la esquina sudeste, sin tener que sufrir la ingratitud del clima.
Durante todo ese invierno caluroso, mientras meditaba en la heladería de Luciana, alcanzó algunas primeras conclusiones:
Le lastiman algunas actitudes de Esperanza —es mujer que convivía con Esteban—, pero no puede dejar de recordar las satisfacciones que le brindó al hombre.
Entendió también que los tangos siempre fueron tristes, y Grisel no podía traicionar tantos años de historia musical alegrando la vida de Matías.
Valoró el servicio de los camiones de mudanza, la geometría de algunos cuerpos y la forma en que aquella mujer recogía las tazas.
Así fue como reunió mentalmente a todos en una gran fiesta. Elevaron sus copas los pintores de andamios, Florencia se presentó derrochando belleza, Esperanza vendaba heridas y Grisel cantaba un eterno tango, mientras el padre de Luciana repartía cucuruchos entre todos los presentes.
Es verdad que se presentaron algunas situaciones confusas, porque el zapatero del viejo barrio de Esteban quiso —haciendo gala de sus virtudes— cumplir el papel de psicoanalista, los habitantes del viejo edificio se creyeron invitados al festejo y Soniette —prudente— supo dar un paso al costado.
El hecho fue que las cajas se volcaron definitivamente, pero Esteban no necesitó acomodar los papeles cuando el viento sopló con fuerza.
Los papeles debían mezclarse, para que Gonzalo admitiera entonces que los bares de Matías, los problemas inmobiliarios de Esteban y las notas encontradas en el lavadero eran también parte suya.
Estaba acompañado por toda esa historia, y sólo necesitaba tomar coraje para armar su propio rompecabezas.
Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999
