No cabe duda de que estoy muriendo. Jamás descubriré la sensación final pero tengo, al menos, conciencia de la agonía (irritante, fastidiosa y temblorosa).

Claro que tal vez me tranquilice algo el afecto de esa mujer. Imagino su preocupación, su incapacidad para resolver mi ataque cerebro-vascular, su miedo de verme en esa situación. Aunque es verdad que sólo busco conformarme. Te voy a matar, Muerte. O al menos voy a matar esta espantosa sensación (aunque la muerte me venza).

Ajena a todo, ella alza una taza y limpia la mesa. Yo presupongo su bondad y la imagino acaricianedo a nuestros futuros hijos (los que hubieran sido si no fuera a morir en cinco minutos)

Y no está mal quererla. Aunque sólo sea para escaparle al miedo, al vértigo.

Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

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