A Esteban cada vez se le agiganta más la casa. Se estira y profundiza. Tiene sólo un ambiente que empezó siendo de 30 metros cuadrados, pero ya ni se anima a calcular su tamaño.

En un principio Esteban estaba solo, con alguno más de vez en cuando. En ese momento no lo percibía, pero ahora se siente extraviado. Necesita una mano que lo acompañe de la ventana hasta el baño, una brújula que lo ayude a recorrrer su living-comedor-dormitorio y un encendedor que lo guíe durante la noche hasta la primera llave de luz.

Por eso le pidió a Florencia que le tape los agujeros, que le achique los metrajes y que le recorte el piso. Florencia crecía, y Esteban pensó tendría facilidad para ocupar espacios.

Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

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