
La mayor equivocación de Esteban consistió en cambiar el lugar donde vivía —esa vieja pensión que ocupaba desde que voló su departamento—. Las cañerías podían estar rotas, los vecinos mostrarse insorportables, y el piso reconocerse intransitable. Ya se había mudado el zapatero, el almacenero, el kioskero y hasta sus cuatro compañeros de pieza.
Sin embargo, no fue prudente cometer el mismo error. Su flamante piso le produjo frecuentes pédidas de equilibrio, las nuevas cañerías hicieron que el agua se deslice a una velocidad descomunal y los vecinos giraron la cabeza frente a él, al enterarse de dónde provenía.
Y es que en el viejo barrio, los pocos que quedaban sabían que recurriendo al plomero se falta de harina y leche que la mudanza del almacenero había provocado. Así conocían dónde arreglar los zapatos, dónde comprar cigarrillos y a quién acudir cuando la correspondencia dejaba de llegarles.
Costos y beneficios fueron —ya no caben dudas— muy mal evaluados.
Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

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