«El 24 de diciembre pasado debí concurrir a un Registro Automotor para realizar un trámite que creí sin importancia. Me preparaba para soportar una larga espera dentro de una populosa oficina pública, decorada con empleados y escritorios heredados del primer gobierno patrio». «Sin embargo, grata fue mi sorpresa cuando noté que un adorno navideño colgaba de la puerta del Registro. Más me asombré cuando una hermosa minifalda —fue lo único que retuve— me hacía pasar ofreciéndome una copa de sidra. Pensé que se trataba de un exceso de cortesía (o de una cargada) pero, al levantar la vista, no exagero si les transmito mi sensación de estar al borde del desmayo». «Frente a mis ojos el Encargado Titular —vestido con bermudas floreadas, remera jamaiquina y ojotas flúo— repartía regalos entre los usuarios al tiempo que los invitaba a sentarse en cómodos sillones para disfrutar de una bebida helada mientras esperaban su trámite». «Giré mi…
