Sobre el mostrador que utilizaba Luciana para entregar helados, dicen haber encontrado un carta de Gonzalo. «¿Que si te quiero? No preguntes tonterías, por el amor de Dios ¿Para qué creés que curé las ciatrices de mis manos, sino para acariciar esas mejillas?» «¿Cómo pensás que desapareció el odio y el gris? ¿De qué forma imaginás que volvió la alegría y el placer? Descubrirte entre el granizado de chocolate despabila mis ganas, acariciarte emociona mi antebrazo y al escuchar tu voz descubro los latidos que me acompañan». «Aunque corrieras y escaparas, sabía que finalmente caerías rendida. Fatigada. Desabrigada. Siempre pensé que esos ojos me buscaban y recorrían los ventrículos de mi cerebro. Confié que presentías mi ansiedad y también imaginé la tuya». «Te pido, entonces, que no preguntes más ese tipo de cosas». Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999
Esteban encontraba su casa un poco fría, y las paredes dejaban ver algo de escarcha. La puerta del balcón estaba clausurada, los huecos internos…
Esteban se negó a compartir su habitación de pensión con un rengo porque —dijo— «nunca puede dejar de temérsele». «Todo rengo —explicó al dueño…
Al dejar su cuarto de pensión, Esteban se mudó hacia un cementerio suburbano. Cuando llega a su nueva casa respira profundamente, siente el aire…
La mayor equivocación de Esteban consistió en cambiar el lugar donde vivía —esa vieja pensión que ocupaba desde que voló su departamento—. Las cañerías…
