Dibujo su figura en mis neuronas. Se desliza por ellas, las acaricia y las pone a gusto. Es el semblante y el paso, pero debe ser también la madre y la mujer —porque es inútil pensar que sólo se trata de líneas— Son las líneas de sus manos, de su pelo, de su sonrisa y de esos labios. Hacen juego con el cielo, con el amarillo del colchón y con la forma de la felicidad. Y qué placer me provoca pensar en todo esto. Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999
Pensé que esa mirada merecía un cuento, y decidí imaginarlo. Claro que poco puede decirse acerca de su movimiento de ojos, a pesar de…
Esteban vuelve insistentemente al barrio donde convivió con Esperanza. Sin que nadie se entere come y lava allí su ropa. Hace las compras en…
Me tuve confianza. Para estar con ella abandoné a mi mujer, sufrí la ausencia de mis hijos y me gané el desprecio del almacenero.…
Finalmente, Luciana besó a Gonzalo. Es verdad que se sintió un poco obligada por las circunstancias, pero eso no desmerece el gesto. Fueron, a…
