Es que llegó la tristeza, pero no llegó el límite. Ocurre que Gonzalo siguió concurriendo a la esquina sudeste, a pesar de que Luciana no vende más helados. Ahora, ella se gana la vida comiendo neuronas. El mordisco que le propinó a su pretendiente produjo algunas consecuencias serias: el joven del sobretodo sufre hoy una severa crisis de desverguenza. Y es que a pesar de la ausencia de Luciana, el muchacho se humilla ahora frente al padre de la vendedora, frente a sus ocho hermanos y frente al nuevo responsable de los cucuruchos. Pide clemencia, pide perdón y llora desconsoladamente. Tan sólo espera que lo golpeen y que se rían en su cara. Gonzalo evaluó la situación, reconoció su inclinación masoquista y quiso recorrer nuevos senderos. Pero es inútil. Nada puede alejarlo del sufrimiento que le produce toda esta historia. Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999
Gonzalo temió que la esquizofrenia lo encerrara, porque una esquina sudeste lo tenía atormentado. El problema empezó siendo menor, pero claro, el mundo en…
Sobre el mostrador que utilizaba Luciana para entregar helados, dicen haber encontrado un carta de Gonzalo. «¿Que si te quiero? No preguntes tonterías, por…
Esteban encontraba su casa un poco fría, y las paredes dejaban ver algo de escarcha. La puerta del balcón estaba clausurada, los huecos internos…
Esteban se negó a compartir su habitación de pensión con un rengo porque —dijo— «nunca puede dejar de temérsele». «Todo rengo —explicó al dueño…
