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No cabe duda de que estoy muriendo. Jamás descubriré la sensación final pero tengo, al menos, conciencia de la agonía (irritante, fastidiosa y temblorosa). Claro que tal vez me tranquilice algo el afecto de esa mujer. Imagino su preocupación, su incapacidad para resolver mi ataque cerebro-vascular, su miedo de verme en esa situación. Aunque es verdad que sólo busco conformarme. Te voy a matar, Muerte. O al menos voy a matar esta espantosa sensación (aunque la muerte me venza). Ajena a todo, ella alza una taza y limpia la mesa. Yo presupongo su bondad y la imagino acaricianedo a nuestros futuros hijos (los que hubieran sido si no fuera a morir en cinco minutos) Y no está mal quererla. Aunque sólo sea para escaparle al miedo, al vértigo. Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

Pensé que esa mirada merecía un cuento, y decidí imaginarlo. Claro que poco puede decirse acerca de su movimiento de ojos, a pesar de…

Esteban vuelve insistentemente al barrio donde convivió con Esperanza. Sin que nadie se entere come y lava allí su ropa. Hace las compras en…

Me tuve confianza. Para estar con ella abandoné a mi mujer, sufrí la ausencia de mis hijos y me gané el desprecio del almacenero.…