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Esteban se negó a compartir su habitación de pensión con un rengo porque —dijo— «nunca puede dejar de temérsele». «Todo rengo —explicó al dueño del albergue— posee los sentidos hiperdesarrollados: el gusto, el oído, el equilibrio y hasta el sentido común. Demuestran ventajas sobre el resto de los mortales en lo referente a su memoria, su inteligencia, su agilidad mental y —paradójicamente— también su velocidad motriz». Comentó que habían conformado desde hace décadas la «logia de los rengos», que extendió rápidamente sus actividades. «Esa logia se dedicó primero a tareas superfluas: descuentos en los bastones, control en el funcionamiento de ascensores y manifestaciones en defensa de una rampa para cada esquina. Enseguida comenzaron a escribir libros de autoayuda y a dictar cursos de control mental sobre la renguera. Sobrevaloraron su condición de rengos, determinando que su pierna sana hacía causa común con las miles de piernas únicas de los demás…

Sumariado por sus desajustes registrales, sus depósitos fuera de término y el nefasto estado higiénico de su oficina, Roberto Etchenagucía se alejó si reproches…