
La escritora geselina Soledad Rossa, publicó el pasado fin de semana su primer relato en nuestra Web, que lleva por título «A través de la ventana» .
Y cuando nos hizo llegar este segundo texto que hoy reproducimos nos dijo… «Como notarán en mis escritos, suelo incluir animales porque soy amante de los caninos y felinos. De hecho, tengo dos gatos a los que amo y tenía un perro que falleció hace unos días. En honor a él, me inspiré para escribir esta nueva historia«.

Hoy entonces, siempre desde el barrio geselino de Monte Rincón, al oeste de la ciudad, su nuevo texto dedicado a su perro «Pancho», que lleva por título: «El Guardián Misterioso».
La leemos:
«Sara trabajaba en un hospital haciendo las rondas matutinas, pero una compañera que cubría el horario nocturno tuvo que tomarse unas semanas de licencia. Por eso, le pidieron a ella que la reemplazara. Aunque no estaba muy contenta con el cambio, aceptó de todas maneras, ya que después de todo era parte de su obligación laboral».
«Solía salir de su casa a las 8 de la noche y llegaba a destino a eso de las 9, tras un largo trayecto. Pronto comenzó a notar que, al arribar, un perro blanco estaba recostado en la entrada de emergencias por donde ingresaba. Cuando se retiraba por la mañana, el animal seguía allí y la acompañaba hasta la parada del colectivo, quedándose a su lado hasta que subía al micro».
«Esto sucedió varias noches seguidas, por lo que Sara se encariñó con él, le puso de nombre Charly e incluso empezó a traerle comida».
«Una de las últimas noches se retiró unos minutos antes de lo habitual. Todavía no había amanecido y las calles estaban oscuras, sin embargo, su amigo canino la esperaba fielmente para escoltarla de regreso».
«De repente, notó que alguien más la seguía. Primero pensó que tal vez esa persona caminaba en su misma dirección, pero al sentirse incómoda aceleró el paso y el desconocido hizo lo mismo. Allí se dio cuenta, sin dudas, de que la estaba persiguiendo. En medio del apuro tropezó y cayó al suelo, temiendo lo peor. Cuando volteó para ver qué le sucedería, vio que Charly ya estaba frente a ella, gruñéndole y ladrándole ferozmente al agresor».
«Su amigo peludo intuyó de inmediato que aquel hombre no tenía buenas intenciones. Por eso se plantó firme, sin dar señales de moverse y dispuesto a atacar si se acercaba a su protegida».
«Sara estaba paralizada por el miedo, incapaz de procesar la escena. El atacante finalmente se dio por vencido y se marchó. Entonces, Charly se acercó tiernamente y con el hocico le acarició la cara para secarle las lágrimas, mientras le lamía la mano dulcemente. Al comprender que estaba a salvo, ella se levantó lentamente; por suerte el golpe no había sido tan grave y se encontraba bien. En cuanto recuperó la compostura, caminó hacia la parada y, como siempre, el can se quedó cuidándola hasta que el transporte llegó».
«Al día siguiente, Sara retomó su horario habitual de las mañanas. Les comentó a sus compañeras el aterrador episodio de la noche anterior y cómo el perro que siempre dormía afuera la había salvado. Al escucharla, todas se quedaron mudas y se miraron entre sí».
«Cuando Sara les preguntó por qué se asombraban, dando por hecho que ya conocían a Charly, una de ellas le reveló que jamás habían visto a ningún animal en esa entrada».
«Sara siguió con su rutina y, en un rato libre, salió a la puerta de emergencias. Mirando al cielo, le agradeció a Dios por haberle enviado, desde el firmamento de los canes, a su guardián y amigo».
Soledad Rossa
