Federico Iglesias

Federico Iglesias (Conocelo Aquí) es un escritor geselino de 42 años, que vive en las cercanías del Polideportivo.

Estamos presentando todos los domingos «clásicos» (Miralos Aquí) de la literatura universal, ¡Y es hoy el turno de uno de los nuestros!

Vaya entonces este frío primer domingo de septiembre «El amor después del amor«, un cuento de título muy probablemente inspirado en la canción de Fito Páez.

«EL AMOR DESPUÉS DEL AMOR»

«Era una idea, una idea simple pero una idea al fin. Nada original pero útil; y a veces tener una idea útil es materia suficiente para encender un fuego. Primero se la toma, se la observa, se la hace un bollito y luego se la coloca en el centro de una superficie preferentemente plana y seca. Sobre ella se apilan, como si fuesen leños de madera, una a una las palabras, intercaladas de forma tal que quede un espacio vital por el que puedan circular libremente el aire de la combustión, la imaginación y los silencios. Después sólo basta una chispa para que empiece lentamente a arder el pulso interior de un relato, se eleve el humo expansivo de la creación y emerja de a poco el calor que aromatiza y le brinda sentido al desarrollo narrativo de un cuento abrazador».

La imagen elegida por el autor
para acompañar su relato

«Ocurrió todo una tarde de ese invierno en el que estuve desocupado y en el que vivía como si estuviese privado de mi libertad; el Mundial de Fútbol ya había pasado así que repartía en partes iguales mi tiempo; dormir, leer a Derek Walcott y levantar pesas eran parte de mi rutina. Esa mañana, después de desayunar, había visto un corto basado en un cuento y se me ocurrió hacer algo similar pero en otro registro: convertir una poesía en relato. Tomar el poema de un escritor y transformarlo en un cuento; ir de la imagen a la acción e introducir esos versos escritos por otro en párrafos escritos por mí para que ellos cuenten la misma historia pero en otro género literario. En sí, el ejercicio no tenía la pretensión de ser una transcripción textual, pero debía cumplir con dos requisitos básicos: que se respetara la temática original de la poesía y que se mantuvieran vivos los símbolos dentro de un texto en prosa breve que pudiese sostenerse con elementos que resultarán fieles al propio espíritu del poema».

«Y en eso estaba cuando lo vi parado afuera, en la vereda, mirando para adentro a través de la ventana. Estaba desabrigado; de pie, como una estatua frente al cerco de mi casa. Me demoré un minuto en reconocerlo; la barba, algunas arrugas, la delgadez y el frío le sumaban años y fatiga a su rostro. Salí a recibirlo así como estaba, sin abrigarme. Le di un abrazo y sin decir una palabra nos metimos de vuelta en el calor de la casa. Le dije que si quería podía ir a darse una ducha caliente; que se sacará esa ropa sucia que traía puesta o que si prefería podía quedarse parado un rato al lado de la estufa. Me miró, asintió con la cabeza y sin decir nada se dirigió al baño. Advertí, en la profundidad de sus ojos una tristeza familiar; una derrota de esas que el alma no puede ni sabe esconder.

«Devino en noche la tarde cuando salió del baño. Me lo quedé mirando unos segundos y también él a mi; traté de disimular mi asombro pero, además de bañarse, se había afeitado y las marcas que traía de la intemperie, de a poco, habían empezado a desaparecer. Le sonreí y lo invité a sentarse a la mesa; llené dos platos hondos de sopa con el puchero que había cocinado el día anterior, puse el pan sobre el mantel, serví dos vasos de vino y nos sentamos a comer en silencio. Recién ahí, mientras lo miraba comer, pude advertir en su cara, por primera vez, una mueca de alivio, justo en ese momento en el que el vapor del caldo parecía devolverle los colores de la tibieza a un rostro demacrado que exhibía, aun con algo de vergüenza, los restos muertos de una ilusión destrozada».

«Más tarde, mientras lavaba los platos, observé que se paró frente al espejo que tengo en el comedor y que se quedó frente a él unos minutos; quizás porque hacia mucho tiempo que no había dedicado un instante a verse a si mismo, quizás porque le costaba reconocerse, o quizás tal vez, porque el descuido lo había alejado de su propia imagen, de su propio cuidado, de su propio amor. Después de tomar un café subimos a la pieza y le mostré la cama, los libros, la lámpara, las piedras, el reloj de arena, la foto de mi hijo, la brújula y el juego de ajedrez. Nos abrazamos una vez más, ahí frente al espejo oval de la pieza que fue testigo de cómo nos empezábamos de vuelta a fundir. Ya sé todo – le dije – no te preocupes; estaba esperando que vuelvas. Ya estás en tu casa, quédate tranquilo. Esa es tu ropa, acá están tus cosas. Yo soy vos y vos sos yo. Va a estar todo bien. Estamos juntos otra vez».

Federico Iglesias

«El Amor después del Amor», Fito Páez, 1992

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