Federico Iglesias

Este es el tercer domingo donde damos a conocer un relato de ficción del vecino geselino Federico Iglesias. En las ocasiones previas, publicamos «Lo Hallado» y «El Amor después del Amor».

Hoy, es el turno de «La ternura y la crueldad; o la leyenda familiar del zorro gris».

Un buque con destino a Montevideo que desembarca su tripulación en Bahía Blanca. Sueños encadenados, personales reales y de fantasía imbricados. Una familia que arrastra un sueño durante muchas generaciones. Un relato de múltiples significados.

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«El miércoles 9 de noviembre de 1921, el joven Paulo Abel Zulueta, contagiado por el entusiasmo que le transmitió la carta, pero en particular, la amable caligrafía de su amigo Yosué, se embarcó rumbo a la ciudad de Montevideo justo un par de horas antes de que una repentina fiebre lo asaltara y tomara su cuerpo y su mente hasta hacerlo delirar».
«Antes de caer desmayado sobre unos costales de arena, en la misma bodega del barco, pudo robar un trozo pan y tres huevos de gallina que fueron todo el desayuno, almuerzo, merienda y cena que iba a tener por los siguientes tres días. A las nueve de la noche zarpó entre sueños, desde el puerto brasilero de Pecem, en el enorme estado norteño de Ceará.
Mi abuelo me contó que el joven Paulo tuvo tres largos sueños durante aquel brote de fiebre y que recién despertó al tercer día creyendo que se encontraba en el puerto de Montevideo. En el primer sueño su amigo Yosué se volvía humo antes de que Paulo lo abrazara; del segundo recordaba a un lobo negro que acechaba en los límites de una inmensa y verde llanura. En el último sueño, Paulo era el lobo y asesinaba a su amigo Yosué pero no se alimentaba con su cuerpo».

«Al desembarcar, aun algo desorientado y convaleciente, Paulo buscó la dirección que su amigo le había dado. Lo que no sabía era que aquel buque brasilero no había atracado en la capital uruguaya sino que lo había hecho en Argentina. Un impedimento sanitario le había truncado al buque «Sonho com o atlântico» la posibilidad, además, de frenar en Buenos Aires, por lo que recién en Bahía Blanca, lejos de Yosue y las calles de Montevideo, había podido echar amarras».


Tatuaje de Paúl Echeverria, en Pinterest

«Sin comprender del todo algunas de las explicaciones que le fueron dando sobre su paradero, fue moviéndose detrás de una serie de indicaciones de los lugareños que lo llevaron hacía un arrabal muy alejado del puerto y los ferrocarriles. Erró su andar por horas, y al cansarse, se sentó en la base de un árbol enorme a recuperar su ánimo del agobio del sol; a respirar entre la sed y el calor en medio del ignoto paisaje desértico».
«Luego de un rato, a lo lejos, divisó una toldería y al incorporarse para seguir su marcha tuvo un segundo desmayo y otra serie de sueños encadenados. En el primero, Paulo caminaba perdido mientras era vigilado por la apacible mirada y las largas trenzas grises de un hombre mayor. Recordó también del segundo sueño a un asustado perro blanco que temblaba bajo la lluvia; él lo llamaba, pero el perro no se movía. En el último, él mismo era aquel perro blanco pero moría de hambre y miedo en una llanura».
«Mi abuelo me contó que al despertar, Paulo ya no estaba bajo aquel árbol; descansaba en cuero, boca arriba, sobre una manta de lana. El aroma dulce de un humo lo envolvía. Miró a su alrededor sin levantarse y entendió que estaba dentro de algún refugio o especie de vivienda. A su lado estaba sentado un indio, de largas trenzas grises, que fumaba una pequeña pipa de madera con los ojos cerrados y esparcía el tibio humo sobre su cuerpo. Al lado del extraño hombre, dormido yacía un zorro gris; hermoso, brillante, único».
«Paulo reconoció en el indio al hombre de su sueño y se asustó. El indio puso una mano sobre su frente y extendió la otra palma sobre su pecho sin abrir los ojos, sin decir una palabra. Paulo sintió un alivio y se dejo llevar por un sentimiento de paz y suave acompañamiento. Volvió a dormirse y recién despertó al otro día, cuando el crepitar de un fuego lo apartó del descanso y lo obligó a levantarse y salir fuera de la vivienda».
«El indio aguardaba sentado frente a una ardiente fogata. A su lado, una vasija de barro humeaba el caldo de la cena. Paulo se acercó en silencio y con un gesto fue invitado a comer. Al terminar preguntó dónde estaba y quién era el hombre. El castellano no se le daba bien, pero logró hacerse entender y obtuvo su respuesta: «Amuyén Mainke Oro Rosas es mi nombre. Esta es mi tierra, el último prado ranquel que nos queda. Hoy puede comer y descansar aquí; pero mañana cuando amanezca se marchará. Arrastra usted una batalla y esta tierra es suelo de paz y silencio; refugio del hombre que puebla más allá del camino por el que viniste. Más tarde los sueños volverán a ser sueños y la realidad, será realidad.»
«Paulo se acostó sobre la misma manta de lana sobre la que había despertado. Cerró los ojos y durmió; la fiebre había pasado, un aullido se escucho a lo lejos en la noche, también un tímido ladrido. Los pasos de un animal marcaron un círculo a su alrededor. El descanso durante la madrugada fue reparador. El sueño volvió a ser sueño y la realidad volvió con el alba a ser realidad.
«Una gotera, posiblemente algo de agua que se filtraba desde la cubierta lo despertó esa misma mañana. Montevideo se veía hermosa, con sus pequeñas edificaciones y plazas. Mientras caminaba, bordeando el Rio de La Plata, encaminándose al encuentro con su amigo Yosué, una voz, cálida y reconocible, volvió a presentársele por última vez. Esto sucedió el 12 de noviembre de 1921, bajo el cielo plomizo de la costa uruguaya».
«Dentro tuyo conviven un lobo negro y un perro blanco. Deambulan por tu mente pero duermen en tu corazón. De uno tendrás que adoptar su fortaleza pero desechar la crueldad; del otro podrás tomar la ternura pero deberás evitar la debilidad. Cuando logres ese equilibrio, habrá una tregua entre ellos, habrá un espacio de calma en el tiempo; existirá una noche sin miedo donde el amor tendrá lugar, habrá sanación y descanso, habrá una lejana luna de fuego que iluminará en la oscuridad y en esa paz de quietud y silencio, como una estela de tierra en el viento, el zorro gris aparecerá.»
«La leyenda la obtuve de un sueño que intuyo atravesó tres de las generaciones de mi familia paterna. A mi abuelo es probable que se la haya contado su padre; mi bisabuelo, que nació en Bahía Blanca y fue un obrero ferroviario durante años hasta que el destino lo llevo al tango y la canción popular; más tarde al éxito en Brasil y Montevideo. Mi papá no tiene recuerdos de esta historia y supongo que mi hijo será el primero en poder leerla y quizás transformarla en papel después de su extraño nacimiento dentro de la tradición oral familiar».

Federico Iglesias

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