«Cuadro abastracto de un perro», la ilustración elegida por el autor para su relato, en Pinterest

Un nuevo domingo en nuestro Blog, y un nuevo relato que nos acerca el escritor geselino Federico Iglesias.

Publicó ya «El Amor después del Amor», «Lo Hallado» y «La leyenda familiar del zorro gris» y «Dos que se leen», su última entrega.

Hoy su nueva aparición, con «La última voluntad de Don Fierro»

¡Esperamos tu comentario al pie de texto!

«La historia me la contó mi abuelo Tito hace muchos años. Sucedió a mediados del siglo pasado en la provincia de Córdoba; puede haber sido en la década del cincuenta en Huerta Grande o Valle Hermoso. Nunca supe si mi abuelo los inventó o si alguien más se los había contado, pero a decir verdad, poco importa si los hechos que voy a narrar ocurrieron o no sucedieron jamás; en toda ficción siempre reside una parte de la realidad que percibimos, así como en toda verdad hay una representación ficcional que la enmascara».

Federico Iglesias

«Quizás pertenezca al universo de los mitos, de esos que se van contando de boca en boca y de pueblo en pueblo, atravesando los años y las distancias. Lo cierto es que el viejo Evaristo Fierro vivía solo con un ovejero alemán, en la misma casa en la que había nacido. Era el único sobreviviente de siete hermanos varones y al morir sus padres había heredado la casa. El chalet de tejas rojas, bien de estilo colonial, estaba asentado al fondo de una gran finca de árboles frutales que incluía cientos de membrillos, los cuales representaban su principal y más rentable cultivo anual».

«El viejo vivía con su perro y tenía una peonada jornalera que hacía, de lunes a sábado, todo el trabajo con las frutas, desde el cuidado de las plantas hasta el envasado y la presentación de algunos productos que desarrollaba; el más cotizado era el emblemático lingote de membrillo azucarado que luego se expandió como modelo en otras provincias vecinas como San Luis o La Rioja».

«En la mañana de un domingo cualquiera, Don Fierro se puso a buscar un libro en la parte alta de un antiguo modular. Al no poder alcanzarlo, intentó colgarse de un estante y el mueble se le vino encima y lo aplastó. El estruendo, por la caída, despertó al ovejero alemán que estaba echado, como siempre, sobre los frescos cerámicos de la entrada. El perro entró corriendo y encontró al viejo Evaristo, inconsciente, con el mueble aplastándole el cuerpo hasta la altura del pecho, y cientos de objetos y papeles esparcidos a su alrededor como decorando la trágica escena final de su existencia».
«Seis horas pasaron hasta que Don Fierro abrió con dolor sus ojos. La fría humedad de un charco había formado una almohada roja que enmarcaba su cabeza. Sin posibilidades de sacarse de encima el mueble y entendiéndose muerto al cabo de unas horas, el viejo se puso a mirar algunas de las cosas que lo rodeaban y que estaban a su alcance. Entre el tumulto de papeles y la conmoción por el golpe pudo distinguir la foto de unas vacaciones en Mendoza con sus hermanos, una tetera rajada que era de su madre, una fusta de cuero trenzado que le habían regalado en una fiesta, una olvidada drusa de amatista y la carta amarillenta que nunca le había enviado a la mujer que había amado durante toda su vida».

«Don Fierro eligió volver a leer la carta; hacía décadas que no la tocaba. La carta había estado guardada dentro de un libro o quizás en alguna caja, juntando polvo con otros papeles. Ante la inquieta mirada del perro acostado a su lado, el viejo Evaristo leyó la carta con sus últimas fuerzas y se apagó. Lo encontraron recién el lunes al mediodía, cuando su apoderado lo visitó para que firmara unos papeles que le habían mandado de Laboulaye por la venta de un campo».

«El final de la historia tiene que ver con el perro y con la carta. Mi abuelo me contó que a unos cien kilometros de la finca de Don Fierro vivía Rosa Hernández, la destinataria de la carta. Dicen que Doña Rosa se levantó una mañana y encontró al ovejero alemán echado en la puerta de su casa; dicen que bajo una pata tenía doblada la carta firmada por Evaristo Fierro. Dicen que después de eso el perro se quedó a vivir un tiempo con ella y que un día, de la nada, desapareció. Dicen también, que Doña Rosa semanas más tarde visitó la finca y que mientras la recorría, la imagen de un ovejero alemán la guió hasta una escena de ilusión en donde ella se veía a sí misma de joven, sentada en el pasto, sonriendo tranquila, bajo la sombra de un árbol de membrillos».

Federico Iglesias

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