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Matías no tiene nada en la cabeza. Ningún dolor y ninguna preocupación, aunque tampoco alegrías ni satisfacciones. Y esto le causa placer. No recuerda ninguna obligación para el día siguiente, pero esto es muy atendible si pensamos que también olvidó su nombre. Está sentado en un bar desolado y silencioso. Sólo se escucha Radio Colonia emitida a un volumen muy bajo, desde una pequeña emisora a transistores que la dueña, cajera y cocinera del lugar puso sobre el mostrador. Claro que no hay nadie para cocinarle, nadie para servirlo y nadie para manifestarle que es la dueña. Sólo está él, a quien ya sirvió y ya cobró. Quien, por otra parte, ya está enterado de quién cocina y quién es la dueña del lugar. Radio Colonia sostiene la existencia de esa mujer, y también la de Matías. Es extraño, pero lo disfruta. Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de…

Puertas que no pueden abrirse, ventanas imposibles de correr. No hay pasillos, escaleras ni cobertura social. Hay lugar para la tensión, la ambiguedad, la…

Muy mal mirado por sus vecinos, Esteban decidió acabar con sus problemas inmobiliarios. Ya no más paredes frías, barrios suburbanos ni ambientes desocupados. Cansado…