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Un buen día, agobiado por su elogioda puntillosidad, Esteban se sintió impulsado a romper las reglas. Salió de su casa, dejó la cama desordenada y la canilla del baño chorreando agua. Olvidó un cigarrillo encendido, la puerta abierta y la hornalla despidiendo gas. A cuatro cuadras escuchó el estallido y —creyéndose desprendido de toda atadura— se sintió libre y feliz, por primera vez en muchos años. Quedaban los recuerdos, pero le faltó coraje para guillotinar su cabeza. Alejandro Puga, «Después de la Tormenta», abril de 1999

Matías no lo quiere, pero el destino parece digitarle los movimientos. No puede dejar de pensar en Grisel y en esas noches desarmadas. Otra…

Matías no tiene nada en la cabeza. Ningún dolor y ninguna preocupación, aunque tampoco alegrías ni satisfacciones. Y esto le causa placer. No recuerda…

Puertas que no pueden abrirse, ventanas imposibles de correr. No hay pasillos, escaleras ni cobertura social. Hay lugar para la tensión, la ambiguedad, la…